Saturday, November 24, 2007

Capítulo XXVII. El Taller de Arte.

Milan Gotovac gastó su noche entera revisando las instalaciones inferiores del Hotel Azadi. Su plan era rudimentario, sencillo, y sólo se necesitaba una pizca de suerte, cosa que, como le fue enseñado en la academia, es siempre componente inseparable de toda estrategia. Tras su larga fase de reconocimiento regresó al gran Citroen negro de ventanas opacas donde pudo cambiar su camisa, chaqueta y pantalones, haciéndose a un aspecto más distinguido, y si se quiere, más extravagante. Un millonario solitario de Europa Oriental, con camisa de seda, chaqueta en tono arena hecha a la medida y cadena de oro bailando sobre su cogote.

El auto tenía como chofer a un iraní de 26 años llamado Ebrahim Armin, de pelo escaso y piel clara, con una corbata negra muy ajustada sobre su camisa azul de manga corta. La forma moderna de la carrocería no impactó al guardia de la entrada del parqueadero subterráneo, quien supuso de inmediato que el viajero en la parte trasera era alguno de esos franceses que vienen a pasar el verano en la ciudad y a sacar verano antes de regresar a Europa.

El joven Armin no sólo era bien parecido, sino que contaba en recta académica con una visita de dos años a París en los cuales aprendió el francés. Allí había sido reclutado por el servicio secreto exterior iraní, y trabajó durante unos ocho meses como espía antes de regresar a casa. Lo lamentable es que, una vez de vuelta en Teherán, su superior le comunicó que su fachada de agente había sido descubierta por el SDE —contrainteligencia interna de Francia—, razón por la cual el gobierno no podría hacer más uso de sus patrióticos servicios. Tuvo entonces que regresar a los libros de texto y a la búsqueda de empleo como maestro de lengua gala, hasta el día en que, de ese mismo ministerio, le ordenaron trabajar como escolta e intérprete de un alemán llamado Wessel, importante socio comercial del gobierno, y la clase de personas que se pueden ver asaltadas en plena calle por ladrones profesionales, aunque estos no abunden en la capital, ni en el resto del país.

Se podía todavía probar la frescura de la mañana bajo el cielorraso de concreto del estacionamiento. Con excepción de un europeo que no hallaba la manera de meter sus palos de golf en la cajuela de su Mazda, ningún ser humano perturbaba el silencio o el continuo ronroneo de los autos en la lejana avenida.

Un impacto metálico resonó por todo el estacionamiento: el turista, ya enfurecido, había guardado su bolsa en el asiento trasero y cerró de la forma más violenta que pudo la cajuela. Los impactos se repitieron: la puerta de atrás y la del conductor mismo. Ya se iba.

—Armin escúcheme muy bien. Debemos operar rápidamente para ponernos en riesgo —le fue diciendo Milan a su conductor mientras él revisaba una bolsa para raqueta de tenis—; es sólo cuestión de calma y movernos rápidamente.

Extrajo el cargador y la bala de nueve milímetros de la recámara de la pistola austriaca modificada. Ebrahim miraba el proceso con sobreactuado interés, obviamente para cuestionar aquello sin abrir la boca.

—No vamos a matar a este hombre, ni siquiera a lastimarlo. Pero es necesario que coopere —y de la misma bolsa Dupont sacó un silenciador negro y poroso; lo aplicó a la pistola y lo enroscó en tres breves movimientos de su muñeca derecha. Llevó, con la izquierda, el arma a un lado, depositándola en la mitad de un ejemplar recién comprado del Le Monde. Envuelta la herramienta más usada en el mundo para disuasión, sacó de su bolsillo su celular señorero de forma ovalada.

Esta mañana, tras un sueño intranquilo, Leonardo Katz se despertó convertido en un patético insecto. Estaba echado de espaldas sobre su camisa transpirada, y al alzar su cabeza vio sus pálidas extremidades inferiores cubiertas de vello, tan largas y delgadas como las patas de un escarabajo. Un torpe escarabajo de tierra que sueña con ser águila. Que soñó con ser águila.

El viajante de espionaje Gregorio Katz descubría esta metamorfosis mezclada con el fétido olor del fracaso. Esta bien, lo aceptaba: le había llegado a tomar cariño, y cierta emoción, a su rol de espía. Ser un escritor fracasado que trabaja vendiendo empanadas en una escuela nunca es buen rótulo para quien se vio envuelto en tanto rollo demencial. Olvidando a Candy, la asesina profesional, y a los Cabeza de Martillo, los guerrilleros urbanos, no era, ni había sido, nadie. Viajar a medio oriente en misión de correo de la CIA —algo teóricamente legal y sin riesgos de muerte acechando en las esquinas— con protocolos memorizados y un dispositivo secreto de comunicación —algo que, bien visto, resulta algo ridículo en esta era de cámaras miniatura— era tan propio de una novela de aventuras, de un Jules Verne, que lo contrario, es decir este ecosistema kafkiano en donde había despertado esta mañana, le resultaba aburrido, triste, azul.

Terminado su monólogo, preparó su ropa y fue a la ducha. Debía mandar un mensaje mediante aquel telégrafo portátil, esperar una respuesta de Langley en forma de un nuevo post en un blog que debía visitar en la tarde, y saber por medio de este cuál sería el siguiente paso para informar de todo lo visto a Thomas Jefferson.

Para vestirse se sentó de nuevo en la cama; no había dormido, descubrió, y el sueño le vendó los ojos. Había cosas que hacer y aquella misión debía terminar cuanto antes; Teherán no era Mónaco, ni Roma, nada había que hacer aquí como turista. Ansiaba ver Bogotá de nuevo; para el viernes sería perfecto estar de nuevo allí. Ergo, mejor no envolverse de nuevo en esa sábana usada, buscar el aire libre, el correr del tráfico, quizá un café en el hotel de enfrente y decirle al coronel que todo ha sido un grave error.

Y casi sin ver se fue sobre la puerta, casi sin abrir los ojos salió al corredor; no vio, claro, al tipo delgado de bigotes afilados que esperaba recostado en una esquina, que aunque no era el único en aquel corredor si lo observaba fijamente, comportamiento por demás sospechoso, y que, de haber seguido Leo las pautas enseñadas por Malcom Rivers, lo habría puesto en guardia, y así los hechos que vamos a narrar a continuación no habrían tenido lugar:

El ascensor abrió sus puertas; Milan y su asistente iraní observaron a Leonardo; este no se fijo en ellos tanto como en el desmedido resplandor de la lámpara del techo que quemaba como fuego. En el pasillo quedaban el egipcio alto, asegurándose de que nadie más tomaría el elevador.

En la pequeña pantalla de dígitos verdes, los números en descenso se sucedían en cáaaaaaaamara lenta. Borroso, Katz vio el número uno, primer piso, donde se encontraba el restaurante y la puerta de salida. Alargó el brazo, su índice apuntó al 1 encerrado en un círculo negro; mas un golpe evitó la acción. Y, la sorpresa, llamó su atención al punto de despertarlo, hacerlo girar y mirar al tipo que había osado tocarlo. Eso antes que la superficie plana y dura de la boca del silenciador chocara contra el costado derecho de su cabeza.

—No se mueva. No intente nada. No abra la boca.

—¡Dios qué esta pasando!

—Cállese. Mantenga la boca cerrada —Gotovac no elevaba la voz, pero la rápida forma en como escupía las frases aumentaban la tensión.

—No, no, no le entiendo —dijo Katz buscando tranquilizarse—. No hablo inglés.

—¡No juegue a hacerse el listo! Mantenga la boca cerrada. No intente nada.

Los números siguieron pasando: 3, 2, 1… -1

La puerta metálica del elevador se abrió y los corredores gris cemento del primer subterráneo se presentaron vacíos y fríos. Muchos autos y poca gente. Leo Katz fue tomado por la camiseta y arrastrado por un mercenario europeo oloroso a colonia barata. Un vistazo rápido y descubrir que ahí estaba la pistola automática con silenciador en su mano derecha; que no es un broma y que ahora está atrapado.

Dos hombres estaban al frente, en espera, y vestían igual: chaquetas, camisa y sin corbata. Milan lanzó a Leonardo contra el baúl del auto repitiéndole que no debía moverse si quería seguir con vida. Motores a lo lejos, el ulular urbano ahogado por los gruesos muros, nadie en el parqueadero. La pausa terminó, el iraní abrió la cajuela, tomó por la nuca a Katz y lo obligó a meterse dentro. La tapicería en fieltro le dio contra la boca, el grito metálico resonó en sus oídos mientras sus largas extremidades inferiores quedaban atrapadas en el reducido espacio. Eso y luego la oscuridad, luego el motor encenderse, luego un bandeo constante que no pararía durante los próximos cuarenta minutos.

No lo creerán pero se quedó dormido con el aroma a pino canadiense sintético que bañaba, desde el motor hasta las llantas, a uno de los autos del vendedor de armas alemán conocido como Franz Wessel.

Un tipo además no acostumbrado a la violencia, o mejor, que odiaba la violencia; no toleraba que dos personas se peleasen frente a sí y aborrecía todos los deportes que propiciaban un contacto físico desmedido, como el rugby o el hockey sobre hielo. Fanático del fútbol europeo, de las carreras de caballos y de los vinos, Wessel se introdujo en la venta de armas al no encontrar otra opción de hacer fortuna para salvar los negocios familiares.

Su hermano mayor era un playboy, fingía de millonario y hasta de aristócrata en todas las fiestas con las que se topaba. Gastaba dinero a mares y parecía no importarle. Y peor cuadro no podría ofrecer su hermana: divorciada de un timador profesional; un cochino italiano que la había despojado de su casa de campo, de sus dos hijos y de varios cientos de miles de euros.

Y qué hacía él, el periodista, el más joven, el benjamín de la familia que se gastaba los días yendo en moto de un punto a otro de la Alemania del Oeste; lanzando a revistas y periódicos de bajo tiraje crónicas breves de la Europa Central y algunos reportajes frívolos sobre los chismes que capturaba entre las ruedas de prensa. Quería una gran historia, pero el dinero se acababa a medida en que los problemas familiares resultaban demasiado onerosos para el patrimonio de los Wessel. Se terminaban los sesentas; había todavía una gran convulsión revolucionaria en Europa, Vietnam ardía, Sudamérica se agitaba, y el planeta buscaba héroes.

Cuando Franz se encontró uno, sintió que aquel podía ser su trampolín hacía la fama: al reportaje completo, quizá el libro, posiblemente la crónica novelada: millones de copias vendidas, adaptación a la gran pantalla, un apartamento en la Rue Jardine en París, con una gran máquina de escribir presidiendo su colosal despacho atiborrado de libros donde escribiría día y noche con una bella secretaria francesa que le colaborase con todo. El “héroe” se llamaba León Cossac.

Claude Genet, como se llamaba realmente, tenía un pasado oscuro y un presente que podríamos simbolizar con una fiesta de disfraces en una casa de espejos. Era posiblemente de origen campesino o mediterráneo, de familia paupérrima en todo caso, educación anecdótica y tal vez un paso por la Resistencia durante la guerra. Como fuera el tipo estaba involucrado con docenas de operaciones donde las palabras “acción” y “encubierto” resaltaban a cada párrafo. Espionaje industrial, captura de criminales varios, sabotajes, rescate de secuestrados y presos políticos. Todo en una agenda sin bandera política definida: de la izquierda a la derecha como un metrónomo, por dinero, claro, pero manteniendo en lo alto el espíritu romántico del aventurero.

Una noche, bajo las luces fuertes de un casino privado en Orleáns, Franz fue prácticamente levantado en vilo por un robusto guardia de seguridad que no se creyó mucho que el periodista fuese un joven millonario enfundado en un esmoquin alquilado. “No queremos mirones acá” le anunció el gorila, y empezó a arrastrarlo hacia la salida. Wessel había estado tomando notas mentalmente; tratando de capturar conversaciones en el aire o detallando el atuendo de los comensales. Siendo aquel antro un lugar no muy legal, escribir sobre ello excitaba al chico de manera increíble. Lamentablemente ahora estaba capturado, y su trasero habría terminado besando el duro pavimento de la calle si no es por el buen León Cossac.

León apareció parado frente al gorila. Parecía sonreír, aunque conservaba una firme mirada de un azul que sabía a un día soleado en la costa del Egeo. Fumaba un Disqué Bleu de papel dorado, y aunque no era muy alto sus anchos hombros parecían cortarle toda ruta al hombre de seguridad.

—Libere a ese joven de inmediato —ordenó lentamente León Cossac.

—Pero monsieur Cossac —replicó de inmediato el gorila—, este hombre no está en la lista de invitados; es un colado, una filtración…

—Mire bien atorrante: éste chico es mi secretario particular. Si se ha visto a entrar, así, con ese traje y bajo estas circunstancias, es porque de seguro trae para mí un recado importante.

Las cejas del guardián del casino se estrecharon en una expresión de desagradable molestia.

—No creo que le estuviese buscando a usted; ha estado husmeando por ahí por horas.

El cigarrillo se separó de los labios súbitamente:

—Barbudo incompetente, entrometido gaznápiro. Mis hombres tienen órdenes de no establecer contacto conmigo a menos que consideren segura la situación —miró a Franz, benévolo—: Has hecho bien Jean Pierre.

El agente estaba hecho un caldero hirviente de rabia: llamarlo barbudo, barbouze, como si él fuera uno de esos psicópatas de la división de seguridad interna del servicio secreto francés con los que alguna vez tuvo la desgracia de toparse en Argelia. ¡Inaudito, maldito hijo de p…!

Pero el ex legionario recordó a tiempo que sólo podía pagar las medicinas de su padre conservando aquel empleo. Soltó al entrometido chico y se alejó directo hacía la cocina a buscar su ración de escocés.

León miraba sonriente las espaldas del tipo alejarse; Franz se acomodaba el traje de cóctel dos tallas por encima de su medida.

—El insulto —afirmó Cossac ofreciéndole un cigarrillo al chico—, es un verdadero arte: tomas lo que tu enemigo odia y se lo refriegas en el hocico.

Sin ordenarle nada, llevó a Wessel hasta la barra, ordenó tragos y luego le habló sobre su error garrafal de alquilar un esmoquin con un ropavejero, entre otras fallas que había tenido durante su misión de periodista encubierto.

Franz no llegó a convertirse en su secretario, pero sí le acompañó durante tres años seguidos en unas once misiones a lo largo y ancho del mundo conocido. Hubo poca acción, cero muertos y ningún problema con la policía. Lo que hubo fue dinero a raudales; grandes fiestas, restaurantes lujosos y bellas mujeres. Ser un periodista, se dijo un día Franz Wessel, equivalía a ser un perdedor: siempre un mirón tras la barda, siempre. Y mediante su amigo francés se fue introduciendo en el comercio de armas. Todos las quieren, todos pueden pagar por ellas, cualquiera se puede hacer rico por estas.

Empezó con pequeñas comisiones y luego tuvo a su cargo operaciones completas. La fachada que cargaba como periodista le era muy útil, el dinero para sobornar autoridades no faltaba, y el conocimiento que cargaba acerca del bajo mundo, tomado de algunos de sus colegas, le hicieron digno de la confianza de sus jefes. A los veintiocho años tenía cuatro autos de lujo, una casa envidiable Dusseldorf y soñaba con hacerse a un jet privado, entre otras muchas cosas, porque, lamentablemente, cada vez que visitaba a uno de sus superiores, a alguno de los jerarcas, americanos, franceses o italianos, con sus villas gigantescas o sus yates de veinte pies, la envidia le quemaba el interior de los párpados.

Vendiendo rifles y pistolas nunca se haría rico. Sus jefes sí, claro, pero ellos controlaban el noventa y nueve por ciento del proceso: desde la fabricación hasta la entrega. Él era un agente, sólo un vendedor, bien pagado, pero un empleado al fin. Considerando que el negocio de la venta de armas en el mundo está basado en una serie de complicados mecanismos burocráticos e influencias comerciales, hacerse independiente en este ramo requiere, no sólo años de trabajo, sino aceptar ciertos riesgos. No queriendo pasar por lo uno ni por lo otro, Franz optó, a principios de los ochenta, hacerse a la venta de material que no estuviese en los catálogos de todo el mundo.

Computadoras, chips, teléfonos celulares, sistemas láser, radares; una nueva colección de tecnología abierta a todo el mundo, pero con pequeñas modificaciones. En una era en que las primeras compañías de software comenzaban a emerger y dar su primeros pasos en tierra firme, Wessel se hizo a cinco que se encargaron de la producción de sistemas de análisis estratégico, de infiltración electrónica y de virus informáticos. Los celulares —así lo creía Franz— acabarían con las viejas radios de campaña y su empleo en masa haría de las unidades de combate fichas fáciles de manipular para los comandantes bien ocultos en sus búnkeres. La guerra moderna, la guerra tecnológica, la era del Terminator que el mundo vería durante la primera guerra del golfo pérsico estaba siendo inyectada en los países no alineados por Franz Wessel, el millonario ex periodista.

Su problema fueron siempre los rusos. En el Gran Juego, la influencia sobre una nación podía ejercerse, entre otras formas, mediante el control sobre sus suministros militares. Así la OTAN y el Pacto de Varsovia tenían divido el planeta, con solo una pequeña parte del mercado abierta a los chinos. Los pequeños vendedores de armas hacían su papel como peones, pero un tipo como Franz esperaba ser algo más que una pieza en el tablero. A las pequeñas naciones de África, como a algunos estados asiáticos y sudamericanos, el alemán los proveía de armamento de siglo XXI, en buen estado, a precios aceptables y con excelentes planes de financiación. Algunos de sus antiguos patrones vieron la posibilidad de asociarse con él y lo hicieron, dándole a Wessel un campo de acción increíble: “¡Compre ya su cargamento de rifles automáticos y lleve gratis once miras térmicas. Oferta increíble!”. Y es obvio que en aquella época muchos de sus compradores vieron la posibilidad de una independencia económica de los grandes poderes, en especial de los irritantes soviets.

Mediante robos, envenenamientos, sabotaje y muros legales la Unión Soviética intentó acabar con el negocio de Franz Wessel. Un error común de todos los grandes suele ser la subestimación que les genera sus enemigos más pequeños. El aparato de represión de los organismos soviéticos no podría tan fácilmente aplastar a un astuto comerciante que tenía la agilidad de un escurridizo insecto. Y no es que Franz no sintiese miedo del gran oso ruso; sino que en vez de aterrorizarse y hundirse entre la tierra optó por buscar aliados. Los Estados Unidos y Alemania le dieron protección a cambio de servir de puente entre ellos y algunos de sus agentes allá donde los conflictos arrojaban enormes llamas.

Fue mediante Franz que la tecnología de la guerra con gases tóxicos. De igual manera, fue gracias a Wessel que las comunicaciones, los radares, sensores de movimiento y los cohetes teledirigidos llegaron a los afganos que combatían contra los odiados rusos. Bien protegido en una mansión de la costa mexicana, el alemán enviaba millones de dólares en muerte a conflictos de los que buena parte del mundo nada sabía.

En los noventa su operación tuvo un cambio de bando: hombres de negocios del régimen iraní buscaban socios europeos que se hiciesen cargo de sus suministros de armas. La Unión Soviética había desaparecido e Irán estaba ahora abierto a todo el mundo —excluyendo, claro está a los Estados Unidos—. Pero como los americanos eran ahora enemigos del régimen de Bagdad, ¿por qué no ir a Teherán? Y desde allí comenzaría una fructífera con el régimen de los ayatolaes a los que proveería tanto de los excedentes polvorientos de las antiguas naciones tras la Cortina de Hierro como los modernos instrumentos de control táctico que se producían de Paris a Tokio.

El único problema de estrechar la mano del Guía Supremo de la Revolución era el deseo enfermizo de este, y otros tantos musulmanes, de apoyar la causa del Islam alrededor del globo en una contracruzada por liberar al mundo árabe y persa de la influencia del Gran Satán. Y siguiendo esta campaña envió misiles a Hezbolá, pistolas ametralladoras a rebeldes en Indonesia, misiles tierra-aire a Yemen, y explosivos chinos a decenas de grupos islámicos en África central.

Entre esta nueva lista de clientes surgieron pronto los independentistas chechenios. Franz los dotó de armas modernas, entre ellos cohetes con sensores de calor para derribar los helicópteros Mi-24 y los modernos Mig rusos. Pero expulsados estos rebeldes a comienzos del nuevo siglo, la campaña de los mismos, con un carácter más de terrorismo urbano, requirió el envío de material de alta tecnología para que los agentes y saboteadores pudieran estar seguros dentro del territorio enemigo que pretendían atacar. Ya entonces el Servicio Federal de Seguridad estaba tomando medidas para frenar el acceso de los independentistas musulmanes a sistemas de vigilancia electrónica, teléfonos satelitales, programas de rastreo e incluso de identificación facial con cámaras de alta resolución. De algún viejo y chirriante archivador salió en caracteres cirílicos el nombre de Franz Wessel, y para un departamento del FSB se convirtió en una misión de máxima prioridad rastrear, encontrar y eliminar o detener al alemán, por los métodos que sean necesarios.

Fue un americano, pensó Franz esta mañana, el que dijo: no son los militares los que inician las guerras, sino los políticos. Él no iniciaba las guerras, pero mientras existiesen siempre habría proveedores de armas; comerciantes que en última instancia terminan llenando las arcas de los grandes gobiernos. ¿Acaso los Estados Unidos no le vendió armas a Irán en alguna época? Bueno, basta de hablar solo. Franz revisó su taza: vacía y con una pincelada de café seco en el fondo. Llevaba rato ahí parado en el balcón, viendo el ir y venir de los comerciantes en el estrecho bulevar. Ingresó a los interiores del tibio y húmedo taller. Estaba rodeado de lienzos grapados a marcos de madera rústica. Pintaba en sus ratos libres; un hobby que resultaba muy relajante cuando se le acompañaba de buen vino, del ruido feliz del bazar vecino, y de una hermosa mujer, como Irma en sus momento o como Naith ahora: siempre algo bello e inspirador para dejar correr su alma entre oleos multicolores. En su taller siempre estaba sólo, por eso lo había escogido para que trajesen allí al periodista latino. Podría retenerlo allí por semanas mientras averiguaba quién demonios era. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué la vida tiene que trastornarse tanto? Había conseguido una patria y un lugar para mantenerse a salvo de los espías y matones. Le aterraba comer en algún restaurante europeo y ser envenenado allí con el horripilante litio ruso. Terminar calvo y casi ciego en un hospital era su peor pesadilla. ¿Por qué? ¿Por qué diablos tiene que haber gente como Leo Katz?

Fue hacía un grupo de telas ya usadas: obras fallidas. Paisajes, frutas, el retrato de un desdentado beduino, don intentos de copiar un samovar de plata, un autorretrato en que quedó muy gordo, otro de un, lilas, azucenas, orquídeas, los enormes cerros cubiertos de nieve en una impresión otoñal. Los hizo a todos a un lado y retiró una cortina negra que protegía de los elementos y las miradas curiosas sus trabajos más queridos: Enrica, Marianne, Ann Marie, una chica afgana sin nombre, Henriette —lo que podía recordar de ella—, Irma y el contorno de los labios y los ojos de Naith.

Hizo a un lado también esos cuadros de tamaños varios. Su material de trabajo no artístico estaba ahí oculto: rifles Kalashnikov modelo 74 fabricados y enviados a Teherán mediante los israelíes. Se había apoderado de cien de estas y las mantenía guardadas para venderlas en caso de que estallara la guerra contra la OTAN o que el actual régimen cayera víctima de un golpe de estado. No las necesitaba realmente; su verdadera fortuna estaba solidificada en lingotes de oro y bien oculta bajo algún bar de alpinistas en Berna. Pero, hombre cauteloso y no paranoico, prefería conservar un pequeño tesoro que podría vender rápidamente, a un precio bajo, quedándose con las suficientes ganancias como para empezar de nuevo en otro rincón del planeta. O para fines más prácticos, como el de asustar a un entrometido periodista del tercer mundo.

Aplicó un cargador, amartilló el rifle y le aplicó el seguro. Como odiaba la violencia física a su alrededor, nunca había sido parte de fuerza alguna, mas si, por cuestión de negocios, guardaba toda clase de conocimientos teóricos relativos a las herramientas de la muerte.

Sostuvo el rifle entre ambas manos y caminó, guardando la barriga y con la frente en alto, hasta el espejo de cuerpo entero que utilizaba para sus autorretratos. Pensó en un al que podría llamar “Mercader del Fuego” y sonrió sintiéndose más animado. Una serie de motores lo sacaron de su contemplación y con el AK en el hombro derecho fue a echar un vistazo por el balcón.

Los egipcios rodeaban el elegante auto de alargada y brillante silueta color carbón lacado. Por el bulevar pasaban vendedores de tapetes, de artesanías, de narguiles, y de chucherías occidentales. Esta calle era de todos y de nadie. Los hombres del alemán no eran realmente extraños ahí; otras tantas veces los vecinos habían visto como descargaban cajas, bultos de yeso o cuadros en blanco. Un artista vive ahí, dijo un anciano y todos lo tomaron como una verdad, ergo nadie hace preguntas.

Sacaron a Katz quien enceguecido por la luz de la mañana, y ensordecido por el congestionado concierto de gritos y pitazos de la calle, se bamboleaba de pie como un ebrio. Le tomaron las muñecas y le aplicaron cinta adhesiva por que a nadie se le ocurrió traer unas malditas esposas. Gotovac le dio una palmada en la nuca para que se moviera. Delante estaba Ebrahim Armin, halando al periodista por la camiseta para que no se perdiera del auto a la puerta del taller.

Los pitazos, los motores y el calor quedaron atrás: el zaguán era frío y olía a dátiles. Leonardo pudo abrir los ojos.

Los dátiles se hicieron seca pintura olorosa a humedad, a madera corroída por el tiempo; cruzaron por un patio con una fuente seca y un ángel de piedra decapitado y manco de un brazo la coronaba. Una residencia británica de aspecto colonial francés, pensó Leo, el único lugar donde podría haber cabida para un serafín. Olor a polvo, yeso y cemento: la reconstrucción estaba en marcha. Subir por una escalera: más yeso, disolventes, y fuertes aromas a pintura y gasolina.

El salón, de varios metros, era un taller con grandes ventanales abiertos que daban a un balcón, con sólo un cortinaje de muselina que el viento alzaba como una larga capa. Columnas cilíndricas y techos blancos. Parecía una casa de banquetes chapineruna, recordaría Katz después, mucho después.

El croata lo empujó suavemente contra una de esas columnas; le preguntó algo al iraní joven que lo acompañaba —que dónde había una soga—, y este salió a buscar algo dejando la puerta entre abierta.

—¡No se mueva! —ordenó Gotovac apuntándole con su dedo justo entre los ojos. Luego caminó hacía Wessel. Le tomó un poco recordarlo, pero era el único europeo que había visto en Teherán sin contar al matón que lo había raptado del hotel. Los dos hablaban; Wessel sostenía un rifle, un AK-47 —qué típico—, un AK-74; bueno, quizá si salgo con vida le pregunte al coronel. Sí, Leo Katz no estaba atemorizado, sólo curioso: ¡tantas cosas pasando tan rápido! El viejo alemán dejó sobre una pila de botes de pintura su rifle; caminó hacía Katz con los brazos cruzados —un científico loco mirando al escarabajo Leonardo Samsa—

—Milan —dijo.

El guardaespaldas se acercó a su jefe. Este le dio una orden sin dejar de mirar al prisionero. “Entre mis herramientas tengo un cuchillo, tráelo”

Gotovac fue hacía la caja de herramientas. Leonardo no podía ver qué hacía ni donde —otra columna se interponía—, pero escuchaba herramientas metálicas ser revueltas; destornilladores, brocas, escalpelos, martillos. Son muy fáciles de usar contra ojos, lengua, genitales y rótulas. Justo entonces te dan ganas de ir al baño y uno de tus tobillos te empieza a escocer. La lengua se le tornó de piedra y el estómago se le tremó hasta el corazón. Milan regresó… con un cuchillo de amplia hoja, muy afilado; un triángulo de plata refulgente. Él caminaba despacio, su patrón, a un metro nada más, no parpadeaba ni movía la boca. Luego ambos hombres se pararon, uno al lado del otro; el viejo cacreco que estaba con Irma la otra noche le dijo algo al marica que empuñaba el cuchillo de carnicero. “No lo vayas a herir, es sólo un chico, asústalo un poco.” Como las palabras salieron en el oscuro dialecto de Hitler a Katz le empezó a temblar la mandíbula, se sintió repleto de orina y el tobillo derecho le empezó a arder.

El croata se acercó y alzó el cuchillo; el colombiano alzó el pie y se rascó el tobillo. El croata tomó por el cabello a su presa; el colombiano descontrolado se rascaba todo el pie hasta que dio con una punta roma oculta entre el falso fondo del talón. El croata situó la diminuta punta bajo el ojo de Katz; abrió la boca para hablar y un hedor a salchichón, cerveza y nachos con queso gruyere se le escapó. Leonardo no aguantó más y le clavó el estilete metálico en plena garganta al croata.

El cuchillo de mantequilla, afilado durante noches enteras de insomnio, fabricado y ocultado por consejo de Dick Matson durante el entrenamiento, dio entre el músculo esternocleidomastoideo y la yugular. Fue un ¡ploc! Bastante indiferente lo que congeló la escena, la cual continuó su marcha cuando Katz al intentar sacar el arma terminó de cortar el cuello duro de Milan dibujando una raya negra que se fue ensanchando en milésimas de segundo.

Algo de sangre saltó en erupción; Franz Wessel debió de gritar, así lo cree Leo, pero de lo que está seguro es que cuando éste le apuntó con el rifle de asalto, y disparó, el AK soltó un miserable chasquido agudo. Él debió tomar el arma entre sus manos; fue como quitárselo a un chico para enseñarle cómo usarlo; quitar el seguro, poner el arma en semiautomático y disparar a lo primero que se te para enfrente. Una detonación, pero sin humo. Y ahora aquel alemán se veía muy raro, con un profundo pozo en vez de su ojo derecho y su cabeza cayendo hacía atrás entre una nube de fina agua colorada.

En menos de dos segundos ya había dos cadáveres y Katz si apenas sabía qué había pasado. Tenía el rifle entre sus manos y estaba listo a acabar con el mundo entero; al ver sus muñecas descubrió la cinta rota que las envolvía, con cortes leves en su piel, ahí donde su arma de escape —aquel cuchillo de untar— había topado con su propia torpeza, pero es que si a algo le temía Leonardo Katz era a convertirse en un periodista decapitado.

Emergiendo, recuperando poco a poco la conciencia, creyó oír ruidos. El disparo atraería a todo el maldito mundo. Corrió hacía la puerta: vio la silueta de un enano por el resquicio abierto y disparó: tres tiros instantáneos que perforaron la puerta. Ebrahim cayó escaleras abajo, ya muerto. Abrió la puerta y una larga sombra negra se acercaba a las escaleras proveniente del patio del ángel. Cerró y dio marcha atrás, un segundo antes de que la puerta volara en fragmentos diminutos de madera al ser reventada por un millón de balas. Katz se parapetó tras una columna. Una voz dio un aviso antes de darle una patada a lo que quedaba de la entrada. ¡Pum! Otro tiro y una cabeza estalló en pedazos. ¿Dios, no estaban armados o qué? Correr al balcón: negativo, mucha gente en la calle. Buscar una salida trasera: efectivamente tras una persiana de madera un ventanal abierto daba a un patio. Algo le zumbó cerca del oído. Gritos, disparos, el ventanal vuela hecho pedazos. Sin correa cómo putas se pone uno un rifle a la espalda. Tuvo que sostenerlo en una mano y saltar de una terraza a otra sin mirar abajo ni atrás. Rodó por el suelo, se hincó y apuntó al patio contiguo: unas figuras sin nombre a la distancia. Un tiro de advertencia y seguir corriendo tras aquellas sábanas extendidas esperando secarse bajo el sol de Medio Oriente.

No es posible —pensó el árabe Abdul aplicando un nuevo cargador a su pistola ametralladora Uzi—. Primero el tipo estaba en el cuarto, seguro, tras un instante en el que él se había servido un café había estallado una balacera. No sabía cuántos heridos había o si su patrón estaba muerto. Sólo sabía que ni él ni los otros habían podido detener al asaltante, quien fuera que fuese.

Le hizo una seña a Iosif, el chechenio, para avanzar cautelosamente. Más adelante, tras aquellas telas blancas podía estar aún escondido el matón. Personalmente, y basado en su experiencia como soldado profesional en distintos destinos, dudaba que le quedaran balas al extranjero. Pero tanto él, como su compañero, no dudarían en disparar a matar en cuanto lo viesen o captasen alguna señal de aquel.

No podían hacer ruido alguno, apenas si levantaban los pies del suelo de concreto húmedo. Fueron descorriendo las sábanas; habían muchas y un era seguida de otra y de otra; de momento creyeron estar entre las blancuras de un comercial de detergentes. Y del otro lado… nada, sólo una pileta de agua y dos lavaderos adornados por geranios y amapolas entre productos de limpieza. De lado y lado habían casas de ladrillo o canastos para botellas de soda apilados y todos vacíos. No sabían, pero presentían, que estaban en la terraza del hostal barato que estaba al lado del taller de herr Wessel.

Bajaron las armas y ambos escoltas se miraron. ¿Huyó?

—Se ha ido —aceptó Abdul.

Se dieron la vuelta. Y los mataron.

Del fondo del estanque emergió Leonardo quien sin ver disparó una ráfaga completa con las balas que le quedaban en su cargador, suficientes al parecer para partir en dos las humanidades de Iosif y Abdul. Katz dejó que el rifle regresara al agua mientras el terminaba de emerger, empapado. Temblaba, y no de frío. Vio una camisa junto a una ventana y fue por ella. Los cadáveres fueron encontrados por un empleado de la pensión minutos después mientras Leonardo Katz, el agente secreto, de camisa azul, sandalias de cuero y gorro de lana blanco corría hacía ningún lado por las calles céntricas de un Teherán de rodillas ante la oración del medio día.

Friday, November 09, 2007

Capítulo XXVI. La Madraza.

Un atardecer, de lila y fucsia, de vientos cortantes, de arenas en la autopista. Viajaban ambos jóvenes, un aprendiz de escritor y un talentoso músico, en un autobús de línea, que aunque con más de once años de servicio cubriendo rutas en la meseta iraní, guardaba el buen aspecto que tiene todo automotor al salir de la factoría.

Y cómodamente sentado, drogado por el aroma artificial de canela y fresas del ambientador vaporizado sobre las sillas, Leonardo trataba de poner cierto orden en sus pensamientos; cesar de hacerse preguntas y empezar a encarrilar las acciones que tenía que poner en marcha más que de inmediato. Desgraciadamente, a parte de media docena de párrafos rasgados apuntados entre una de sus libretas rojas no tenía nada más, y estas, a parte de ser instantáneas de las cosas vistas durante su visita a la escuela de Chitgar, carecían de cualquier valor en aquellos momentos de duda.

Un autobús de línea regular cubre el trayecto desde el centro de Teherán hasta el pueblo de Chitgar. La distancia no es superior a los diecinueve y medio kilómetros, y le tomó a Leonardo Katz y a su guía Hamid menos de treinta minutos alcanzar una villa que bordeaba la pequeña ciudad.

En Shahabad, por donde cruza una línea férrea, unas veinte casas de color arenoso esparcidas entre verdes prados componen las instalaciones —si se puede aplicar tal término— de una de las madrazas más conocidas de Irán. Al bajar del autobús y caminar, Leo fue descubriendo esta ciudadela universitaria anclada en el tiempo, con jóvenes vestidos tanto a la manera occidental como a la clásica manera persa, sosteniendo sus libros y mirando al cielo repasando lecciones.

Había jardines y mucho césped, pero el calor le daba a todo esa apariencia desértica que el occidental promedio cree inherente a los países musulmanes. Leonardo se dejó llevar hasta donde una congregación de muchachos parecía esperar algo. Todos estaban en el suelo, formando un círculo, y algunos hablaban entre sí.

En la mañana, Katz se deshizo de su indumentaria de colombiano y pidió prestado un pantalón de pana gris, una camisa amarillenta de manga corta; sólo conservó sus botas. Su mandíbula y mejillas estaban ya cubiertas por la barba no rasurada de los últimos ocho días. Su aspecto, entonces, al tomar asiento entre los otros tantos jóvenes estudiantes tenía tal semejanza, que por primera vez, desde el inicio de su viaje, Leonardo se sentía seguro.

Acercándose a uno y otro Hamid preguntaba por alguien; de tanto repetirlo, Leo supo que buscaban a alguien llamado Kasravi.

Lo encontramos asomado mirando al sur, con un libraco enorme entre las manos, rascándose la ceja derecha, concentrado en descubrir algo el horizonte. Como estaba asomado al balcón del segundo piso, la impresión que me causó fue variando a medida en que ascendíamos por la escalera y los detalles de su atuendo, así como de su cara y expresiones se fueron intensificando.

Hamid hizo la presentación de rigor. No mencionó que Katz fuera periodista, prefirió referirse a él como simple turista; así se lo explicó a Leonardo más tarde, aduciendo que ni Asad Kasravi, ni sus compañeros de estudios veían con buenos ojos a los cronistas extranjeros, siempre deseosos, en su opinión, de reforzar clichés. Debido a que la conversación y la introducción se hizo en persa, Katz no pudo saber cuánta verdad o cuánta falsedad había en esta explicación. Y, no obstante, el alumno de la madraza se inclinó ligeramente, enseñando una desusada educación, al estrechar la mano del impresionado Leonardo.

—Es un verdadero placer para mí conocerlo —aseguró Asad Kasravi, alumno de filosofía musulmana.

Hamid y su conocido, seguidos de cerca por el concentrado señor Katz, hablaron en su idioma natal durante el recorrido por el balcón de la elegante casa de dos pisos de formas españolas que parecía regir todo el poblado de pequeñas viviendas. La conversación fluía como un río crecido que arrastra risas, comentarios serios, apuntes al margen e incluso invectivas. Todo esto a consideración de Leo que al no conocer el farsi dependía de las actitudes y gestos de aquellos dos amigos.

Revoloteaban los alumnos, muchos, con su variedad de atuendos, siempre en colores crema o variantes de gris. Alegres, presurosos, van y vienen; poco queda por hacer para no ser contagiado por el aire agitado de esta escuela de tendencia absolutamente masculina.

De pronto, para Leo, muy de repente, Asad se dio la vuelta, tras detenerse, y se quedó mirando al visitante asintiendo lentamente. Se acercó, probó usar dos palabras —que cortó a la mitad de cuajo—, emitió un carraspeo directamente de su garganta y afirmó:

—Entonces tiene usted curiosidad de conocer a nuestro grupo de estudio.

Como no era una pregunta el periodista no supo si debía responder.

—Tengo curiosidad sobre muchas cosas.

Hamid tuvo que traducir aquello.

—Ya veo. Pero mi amigo me dice que usted busca a alguien en especial.

Nervioso. Esto no estaba en el plan.

—Todo lo que quiero hacer —y Leo fue soltando las palabras en cámara lenta— es conocer a tanta gente como me sea posible. Y la verdad es que los puntos de vista y opiniones de…

—Del imán —apoyó Hamid a un lado del escenario.

—Del imán, me serían muy útiles. Ahora estoy en un viaje de conocimiento; sé que no podré repetir esta experiencia dos veces en mi vida.

Estas palabras parecieron convencer al ahora —porque hasta ahora así se revelaba— tímido, o nervioso simplemente, estudiante llamado Asad, quien girando su cabeza emitió un monosílabo afirmativo y asintió una vez con la cabeza. Hamid agregó una sonrisa personal e hizo una invitación que reiteró con su inglés de televisión.

—Muy bien, ¡vamos!

Como no sabía a dónde iban a Leo le tocó de nuevo caminar tras los dos muchachos iraníes. Muchas cosas se le pasaron por la cabeza: su máquina interna de producción narrativa le relataba bellas oraciones, pero el esfero estaba en su camisa y el cuaderno de tapas rojas en la mochila de diseño indígena. Una gran distancia cuando alguien quiere ser prudente y no desea ser visto tomando notas en un idioma extranjero.

Salimos de la casona mediante una serie de puertas de arco que nos transportaron a un jardín en la parte trasera. Su ambiente, claro, era mucho más relajado, y allí pude ver a tres muchachas; si es que puede aplicarse ese adjetivo a tres mujeres envejecidas por el chador negro. Estaban a lo lejos, parecían cuervos agazapados junto a una fuente de piedra, picoteando el Corán.

Creo que les pregunté sobre las mujeres aquellas, y si alguna respuesta me dieron debió ser muy escueta, tanto, que ahora la he olvidado por completo. No sabía que admitían mujeres en estas escuelas. O tal vez fue solo la impresión devastadora que fue surgiendo de entre los árboles que hacían a un lado en la medida en que avanzábamos, revelando el mayor arco que he visto en mi vida.

Luego Katz se quedó sin palabras para registrar lo que había visto; aquella entrada, sus muros, el intrincado patrón de los mismos; tonos azules, detalles en verde y dorado, como una floresta gigante levantada sobre el dado abandonado por gigantes de otro planeta. Era una mezquita, y para Leonardo, que hasta ahora sólo conocía iglesias y sinagogas, representó el primer contacto con el verdadero imperio musulmán.

Navegaron un rato por un interior más modesto. Sólo muros en blanco, citas del Corán en árabe y poca asistencia de público. La oración de la mañana acababa de terminar.

Entonces, los tres muchachos se quedaron quietos; Hamid le preguntó algo a Asad, este no contestó, y Leonardo miraba admirado la alfombra bajo sus pies descalzos. Cuando notó que esperaban algo, miró al frente, como sus compañeros, y vio hacía el fondo del salón a un hombre de rodillas, vestido de blanco tradicional con un turbante del mismo color en la cabeza, la cual no estaba en el suelo, sino casi recostada contra su espalda como si este hombre esperase ver algo en el cielo.

Pasaron cerca de diez minutos hasta que el tipo se puso en pie y se dio la vuelta con un gesto de profunda concentración sobrecargada en su cabeza gacha. Desde su posición, a razón de la distancia, y por la forma en como avanzaba, en los ojos de Katz lo primero que entró fue aquella increíble barba blanca, rizada y muy larga, donde un primitivo y salvaje negro quedó aplastado por un gris ratón que degeneró en blanco nieve, años y mala vida. Al levantar finalmente la frente el segundo punto sobre el que recayó la atención de Leonardo fue la larga y chata nariz de punta prominente mejor conocida por los bogotanos como nariz de breva. El tipo resultaba ser muy alto, condición presente sólo en pocos iraníes que Katz hubiese visto en los días pasados. Cuando Asad se hizo a su lado, cosa que consiguió tras acercarse a él inclinado un poco, llamándolo en susurro, con total humildad, la diferencia entre estaturas, ciento sesenta y tres para el alumno, ciento noventa y dos para el maestro, creó en Leo la impresión, no de hallarse frente al pequeño y sabio maestro árabe, sino con el hercúleo luchador de la jihad.

Asad le hablaba al oído, el imán lo escuchaba con resignación declarada, algo muy típico en todos los maestros.

—Puedo ser tu intérprete si quieres —le dijo Hamid en voz baja a su lado, sin dejar de mirar al hombre de blanco—: mi inglés es mejor que el de Asad. Pero si te digo la verdad algo en este tipo me asusta.

Katz no pudo reírse de esta revelación; el imán tenía los ojos de un demente y las delgadas cejas de un sádico. Hacer comentarios de orden racial contradecía los principios demócratas de la casa paterna de Leonardo y sus propias convicciones, entre las cuales se anotaba de que los hombres, blancos o negros, podían llegar a ser tan malos como el sida y el cáncer juntos. Pero es que, definitivamente, la piel aceitunada y los profundos ojos carbón podían ser usados para ilustrar la maldad.

Asad regresó.

—El imán acepta hablar contigo. Dice que siempre está dispuesto a escuchar a los jóvenes y a orientarlos. Dice que el mensaje de Alá debe llegar también a los extranjeros que buscan guía aquí, lejos de sus hogares.

Antes de poder dar las gracias, el enorme guía y profesor de filosofía ya estaba en marcha. Sus movimientos tenían algo de pendular y su thob se arrastraba sobre las laberínticas alfombras como un traje de novia.

Y ahora parecía haber otros presentes en la sala de oración. Leonardo se fijo en dos de ellos, quienes vestían de camisa y pantalones y no lucían tan jóvenes como los estudiantes entre los edificios de la madraza. Siguieron caminando. Al querer ver atrás, se encontró con un tipo calvo, de traje y camisa desabrochada, que al instante giró sus ojos para posarlos en una de las ventanas de apabullante resplandor. Siguió caminando. Aquellos hombres mayores volvieron a moverse. Ahora quería correr.

Junto al guía se introdujeron por un umbral de fondo irreconocible pintado de oscuridad. Voces de fuentes irreconocibles asaltaban el paso por el zaguán sin luz; parecían cantos, parecían discursos, u oraciones. La fuente se reveló: un cuarto, muy grande, en verdad una sala de oración más pequeña que la principal. Pero allí no se oraba, se estudiaba y se conversaba. Sentados en cojines, cuando no sobre las alfombras mismas, grupos pequeños de estudiantes, nunca más que cuatro alrededor de algún maestro, hacían preguntas —o eso le parecía a Leonardo Katz que a cada cosa le aplicaba su propia impresión— y esperaban respuestas de aquellos quienes debían saber de memoria el Corán.

Era sin duda el lugar correcto para buscar la esquiva verdad. Y la verdad, ¿quién era ese hombre? ¿Por qué le interesaba tanto a la Compañía? ¿Cómo habían llegado a él? ¿O por qué no habían enviado a otra persona a hablar con él? Bueno, sólo eres un mensajero, ¿recuerdas? Sí, como Michel Strogoff. Y los cuatro hombres se sentaron junto a un muro amarillo.

Aún Katz no se atrevía a girar la cabeza en búsqueda de sus posibles perseguidores. Podrían estar ahí en el cuarto, pero mirarlos contravendría las recomendaciones de su instructor de espionaje. Entonces será cerrar los ojos, concentrarse, jugar a que realmente somos periodistas, jugar a que el periodismo es cosa fácil: preguntas, respuestas y composición de cápsulas informativas para saber al pueblo llano lo que pasa.

—Primero quiero saber —se aclaró la garganta sonoramente para darse un tiempo, y no dejó de mirar a Asad, al buen chico iraní, escapando de los flamígeros ojos de la Estrella Norte—. Cual considera que es el papel de un hombre como él en la educación actual de este país.

Antes de que la pregunta estuviese completa el veloz estudiante le traducía a su maestro. Katz procuró usar su inglés más articulado y abierto. Parecía funcionar. Y mientras el mensaje se trasladaba al campo del persa, el agente secreto miró por primera vez de cerca a su objetivo: era joven aún, pese a la barba y las espesas cejas, pese a los rasgos incluso de hombre mayor, los labios que asomaban entre el bosque grisáceo sonreían, acompañados de las cejas arqueadas de forma positiva. Un iluminado, una figura espiritual, un guía, una luz; si eso es en lo que se puede convertir un hombre ante sus hermanos, si a eso puede llegar una idea, un mim, a dar esperanza y un sendero claro en un mundo donde todos estamos parcialmente ciegos, ¿no es algo genial?

—… la palabra de Alá, el único, en la tierra —terminó de decir el intérprete sin que Leonardo hubiese retenido una sola palabra, olvidando de raíz todo conocimiento de inglés que tenía.

El guía seguía hablando. Ahora más rápido y convencido de sus palabras.

—Por que, cada uno de los supuestos conocimientos del hombre, que el hombre llama conocimiento, pero que no es conocimiento si no proviene de la Palabra, es, un ladrillo, un (aquí aplicó una palabra en persa), que detiene el Mensaje. El Profeta es la Palabra, Yo derribo ese muro que tienden los hombres.

Las palabras empleadas por el joven alumno del potencial colaborador de la CIA eran aún más complejas, ya que si bien su uso de las palabras era correcto, no así los conectores de las mismas. El mensaje es aquí trascrito de la manera más clara posible. Forma en que también debió entenderlo Leonardo, quien, al terminar el imán de hablar, arriesgó su primera verdadera pregunta:

—¿Cómo ve la labor de este gobierno en esa búsqueda por llevar a todos ese mensaje?

La réplica tardó un poco más en llegar, pero el guía parecía darse cuenta de la necesidad del mensaje de verse traducido, y el tiempo que esto toma.

—En el actual estado de las cosas no es posible llevar el mensaje, ya que este debe ser puro, y las estructuras de este gobierno, envenenadas por occidente, sólo pueden darle a los jóvenes el mensaje equivocado.

—¿Qué mensaje?

—De que debe haber tolerancia. No seremos tolerantes. No hay espacio para los no-musulmanes o los politeístas. Hay sólo un camino y es aquel que conduce a la Palabra.

—¿Eso significa que este gobierno debe ser cambiado? Aún con todo el apoyo que este nuevo presidente le ha dado a estas escuelas y su interés en fortalecer la ley islámica…

El guía alzó las manos y aumentó el tono de su voz.

—El camino que ha elegido este gobierno no es el correcto —tradujo Asad, retrocediendo un poco ante la explosión repentina que se desató en el rostro del imán—. Porque este gobierno y los otros han traicionado la revolución; la guerra de liberación que debemos lanzar contra quienes buscan aplastarnos.

—Entonces Irán está invadido. ¿Usted habla de una guerra de liberación?

—Yo hablo de una guerra en todo el mundo islámico. Yo hablo de una guerra contra los que nos han traicionado, los que nos han vendido, los que aceptan en su casa al invasor. Contra los colaboracionistas.

—Entonces, el camino es, liberar al mundo musulmán de cualquier presencia occidental. Así cualquier forma de cultura occidental en nuestra tierra es una afrenta. Sólo borrando de nuestras naciones los instrumentos de agresión cultural de las potencias podremos considerarnos libres.

—Un mundo musulmán sin ninguna presencia de cultura occidental; sin sus formas de gobierno, o su tecnología, o su ciencia, o sus filosofías.

—Sí, asía sea. Alá es grande.

El tipo incluso tenía una enorme sonrisa cortándole el rostro. Sus ojos estaban encendidos con algo parecido a la chispa incandescente producto del amor. Sin odio, sin ira. Katz cerró los ojos e inclinó su cabeza en una serie de repetidos asentimientos. La verdad era un recurso para ganar tiempo; aun quedaba la parte más complicada de toda la maldita operación: cómo, putas, va, a reclutar, a este fanático religioso del demonio, como agente, de, la, maldita, y, conservadora ¡CIA!

—Maestro —dijo al fin Leonardo, quien esperó a que la palabra, traducida al persa, calara en aquel instructor de odio—. Vengo de un país pobre, y pequeño llamado Colombia. Mi pueblo está constantemente amenazado por las potencias de Europa y América; ellos roban nuestros recursos, imponen mandatarios crueles y roban nuestros recursos.

“Vamos, vamos; es como redactar un diálogo en una novela: tienes que creerlo aunque sabes que no es cierto. Sólo usa todo lo que sabes” Se decía Leonardo en cada pausa que debía darle a Asad para que lo entendiese el imán.

—Muchos creemos que la única forma de vencer es mediante una oposición pacífica, y una unión con todos nuestros hermanos alrededor del mundo que sabemos compartirán nuestro ideal, socavando la imagen de monstruo invencible, poseedor de toda la verdad, que es el monstruo imperialista.

Uff… le salió de un solo golpe. Gracias James Al-Jezza por todo tu odio marxista.

Los fervorosos ojos de brillante optimismo ante el cuadro de un mundo sin la supuesta corrupción occidental se opacaron por una tormenta de reprobación. Por un par de segundos, hasta que la voz de Asad regresó al cuarto, Katz estuvo aterradoramente seguro de que había cometido un grave error.

—¡No hay espacio para la paz! ¡No debes darle cuartel a tu enemigo! La unión de todos, de cada nación apunta sólo a un fin: el fin de todos los imperialistas. El derrumbamiento del Gran Satán y de todos aquellos que no quieran entregarse al verdadero mensaje. Si tú muchacho encaras a tu enemigo, y deseas su muerte y que corra su sangre, entonces tendrás todas las posibilidades de vencer. La paz para el mundo llegará sobre las tumbas de los que intenten detenernos en nuestra jihad.

“Y, por ejemplo, nuestra fuerza no sólo marcha contra América; sino contra todo el mundo. La misión no terminará sino hasta que todo hombre o mujer, sin importar su edad, inclinen su cabeza a Alá, el más grande. Nosotros no peleamos sólo por tratados de paz con naciones infieles; no queremos tratados falsos con aquellos politeístas que hablan de una Trinidad cuando Dios es uno sólo, Alá el más grande. La Guerra Santa atacará también sus iglesias, sus lugares sagrados; los infieles no encontrarán lugar de refugio, ni paz, hasta que el Islam venza.

—¡Alá el más grande! —Exclamó Leonardo entonces.

—¡Alá el más grande! —Repitió con voz de trueno el imán.

—¡Alá el más grande! —Corearon los otros en la sala.

Una vez las voces se apagaron Leo Katz se inclinó obediente hacia el maestro.

—Bendito seas, gracias por tus palabras —se dirigió hacía Hamid, quien con los ojos muy abiertos observaba toda la escena—. Es todo; gracias. Podemos irnos ahora.

Agradeció igualmente a Asad y los cuatro se pusieron en pie.

Cruzaron el corredor, la gran sala principal —donde ninguno de los misteriosos hombres de antes hicieron presencia—, y salieron al bosque donde el sol se derramaba inmisericorde. En medio de ello dos enormes manos se posaron en los hombros de Leo. El imán que Leo K conocía sólo como Estrella del Norte le habló entonces; parecía más alto allí, gigante, y tan propio del caluroso escenario como lo es la boa en la impenetrable selva húmeda.

—Dice que puedes asistir con él a la mezquita de Abruz Dubah, en Teherán. Allí va cada jueves —tradujo Asad.

“Claro que sí maldito terrorista” pensó de inmediato Leo, pero su boca de aprendiz de espía soltó un humilde “gracias” en persa. El imán se dio la vuelta y se retiró seguido por su pupilo hacia el propio bosque. “Maldito perro” siguió pensando mientras caminaba de vuelta al sendero que habían utilizado para llegar allí; Hamid hablaba, tal vez de música, tal vez de religión, al diablo con él también. “Golpear a los infieles; claro, como el once de septiembre. ¿Cierto?” Carajo, esa mañana, cuando aún vivía en Chile, no la olvidaría nunca. Las detonaciones, la gente saltando por las ventanas, las columnas monumentales de humo… y los malditos que en Medio Oriente celebraban por las calles.

Lo peor es que esta clase de fanáticos se deben de encontrar en todas las escuelas, fomentando el odio, diciéndole a toda una nueva generación que el mejor destino de un verdadero musulmán es el de envolverse en plástico y hacer volar un avión, o cuando sea un bus; atacar todo lo que signifique occidente. Viajar a Estados Unidos, o a Inglaterra, probar su comida, hacerse a un empleo, recibir los estipendios gubernamentales, enamorar a sus mujeres, botar basura en sus ríos, asolearse en sus playas, contemplar sus paisajes, disfrutar de la protección de sus derechos como no lo hacían en sus patrias de origen… y matar a diez, cien o mil civiles sólo para demostrar que su Dios y no el Dios cristiano es el verdadero. Qué filosofía.

Enhebrando ideas de odio, Leo Katz llegó a las cinco y cuarto al hotel, se dio una ducha larga bajo el agua tibia. Sin vestirse se metió entre las cobijas, buscó música en la radio, buscó humor en la televisión, relajamiento masturbándose y exorcismo mediante el ejercicio. Todo sin lograr nada. Si los Estados Unidos querían deshacerse de Ahmadinejad, un conservador, y poner en el trono a aquel tipo, un demente, una nueva guerra: otros tres mil cadáveres en féretros de caoba con banderas cubriéndolos.

“Soy un soldado del Islam” dirá entonces aquel chico que ahora sueña con crear robots, para entonces empuñando una metralleta en un teatro atiborrado de gente aterrorizada. Un genio, un premio Nobel en potencia una vez más sacrificado por la maldita cultura, la puta educación.

“Soy un soldado de Occidente: igualdad, libertad, fraternidad y la búsqueda de la felicidad. Y si algún maldito extremista pretende hacer desgraciada mi tierra lo mataré en el acto”

—Las luces han apagado —dijo en inglés con fuerte acento egipcio una voz del otro lado de la puerta—, creo que ahora se ha dormido.

Cortó la comunicación y puso su teléfono móvil entre el bolsillo de su chaqueta. Siguió caminando con su portafolios vacío y su andar resuelto y aburrido de hombre de negocios tras una infructuosa cita comercial. Debía ahora irse al auto y esperar junto a su compañero a que el objetivo a vigilar hiciese algún movimiento. Como era un tipo joven, podía ser escurridizo, afortunadamente quedaba alguien en el vestíbulo del hotel Azadi en caso de que el espía latino quisiese salirse del hotel. Las entradas y salidas estaban revisadas; y el jefe, Milan, ya estaba calculando los planes para caer sobre el chico una vez el sol se levantase de nuevo.