Friday, December 21, 2007

Capítulo IXXX. El Almacén.

Flores para Alrgernon de Daniel Keyes, edición de Bantam Books de 1967. De niño, estando en cuarto grado, Leo recibió la orden de leer a Keyes; sus padres no le compraron el libro, Katz no pudo cumplir su tarea, el profesor de inglés lo trató de retrasado mental, y tuvo que repetir el curso. Así el interno motor del odio que había en Katz apuntó sus ojos ciegos contra esta novelita de ciencia ficción. Al encontrarla, tantos años después, en el estante de una mujer iraní, Leonardo aceptó una tregua y empezó a leer.

En la cocina se asaban trozos de carne de cordero aliñados. Habría arroz dulce, además, y la gatuna voz de la señorita Irma tarareaba.

Tardó una media hora, tiempo en el cual Katz dio cuenta de buena parte del libro. Olvidaba lo difícil que era a veces el inglés, y la propia lectura del texto le hizo pensar si era posible que, de seguir viviendo la vida que vivía, podría algún día olvidar el idioma con el que se había criado.

El nahar, almuerzo, fue un pedazo de torta de arroz tostado y el cordero aliñado. Para beber hubo Coca-Cola, cosa que sorprendió a Leonardo, quien aunque sí había visto alguna publicidad por la calle, no había visto a nadie tomándola; el mercado parecía estar bajo control de la Parsi-Cola. Sobre la pasividad del ambiente flotaba la nube cargada de una tempestad en ciernes. Irma conservaba una pétrea expresión, de ojos apagados y los labios abundantes hechos una línea recta. Servía todo con prolijidad de madre pero con desapasionamiento aterrador.

Se sentó; ambos se miraban desde extremos opuestos de la mesa redonda. Iniciaban las negociaciones.

—¿Qué buscas aquí? —Irma no levantaba los ojos del plato.

—A un hombre.

Evitó eructar y continuó.

—Ya lo encontré, pero necesito localizarlo físicamente en un lugar determinado a una hora determinada.

—Probablemente yo pueda ayudarte. No somos una agencia encargada de buscar gente; pero mis amigas tienen amigos, y ellos conocen gente. Así es como se mueven las cosas en esta ciudad. Quien quiere tener tequila tiene tequila; quien quiere opio consigue opio; el que quiere sexo consigue sexo; sólo es una cosa de dinero y contactos.

Había dejado los cubiertos sobre la mesa, terminando así su almuerzo. Hasta que Leonardo no enfrentó sus ojos ella no continuó hablando. Brillaban intensamente.

—No soy una mujer cualquiera que da lo que tiene por dinero. Soy una empresaria, y soy fría en ello. Ustedes quieren algo de mí yo quiero algo de ustedes: quiero ir a Francia. No importa lo que haga aquí, jamás podré llegar por las vías legales. Hay demasiados factores en contra.

¿Qué hacer? ¿Podía prometerle a Irma una extracción? ¿La CIA podría sacarla?, ¿Lo considerarían pertinente? ¿Lo suficiente como para invertir en ello? No…

—No puedo prometerte nada.

—¡Oh no! —Negó lentamente con la cabeza, sabía lo que quería— No te voy a ayudar si no me das tu palabra. Tú y tus recursos de espía…

—¡No soy un espía!

—¡No tengo jodida idea de quién eres! Mataste a Franz o te involucraste de alguna manera con su muerte, pero de alguna manera él estaba aterrado ante el hecho de tenerte aquí; yo lo sabía, pude verlo en sus ojos porque conozco muy bien a los hombres. Con él habría tenido lo suficiente para poder largarme de este desierto en unos seis años; ahora él está muerto, así que todo lo que me queda eres tú; y tú vas a ayudarme.

Una vez más, como cuando Thomas Jefferson lo había amenazado en la embajada en Bogotá, Leonardo perdió el color y la temperatura: todos lo atrapaban, lo amenazaban y lo usaban. “Vaya puto en el que me he convertido”. ¿Para qué seguir adelante? Rápidamente, junto a los últimos restos de cordero picante y coca-cola fría, las palabras de acento austral del instructor Malcom le vinieron a su mente. Sin importar cuán valiosa era una fuente de información, todo agente debía estar listo para cortar el cordón umbilical y dejarla a la deriva. Irma era una amenaza: podía, en bien de sus intereses, venderlo a la policía secreta, o a los socios de Franz Wessel. Pero mientras ella creyera que él tenía los recursos para ponerla en primera clase de un jet directo a París, Leo Katz tendría la ventaja.

Media hora de silencioso viaje, por largas y serpenteantes carreteras que ascienden hacía los montes Elbruz. Viajando hacía la muerte, o hacía la seguridad, la cuestión ya no era tanto de confiar o no en Irma, sino de cómo aprovechar su conocimiento. “Todos los seres humanos sirven para algo” decía la siempre alegre profesora de religión en la escuela. No era verdad, pero este no parece ser momento de filosofar sino de trazar planes. A medida en que pasaban los minutos, y que las cifras se deslizaban al vacío negro dentro del cuentakilómetros, la mujer que había conocido en El Cielo se desvanecía cada vez más. Ahora había una mujer madura y peligrosa frente al volante, llevándolo a lo desconocido entre altos pinos y hayas colorados por el sol del atardecer.

Se detuvieron frente a una bodega de puro aluminio y hierro. No había parqueadero, sino que el Renault quedó apagado a unos metros de la puerta. La ciudad estaba a lo lejos; por todo ruido había un rumor de hojas batirse. Siendo aquel paraje de la montaña un desolado y reseco extremo, poca vegetación había ya. El suelo, cascajo y arena, debía ser peligroso en otoño e invierno; detallando Katz estos elementos, sus ojos descubrieron una antena roja y blanca, de unos diez metros, situada detrás del inmueble. Esta, similar a una antena de radio, trajo al rostro de Leonardo su primera sonrisa en todo el día.

Entraron por la puerta de atrás, a la que llegaron mediante la escalera de incendios. Irma traía llaves.

Desde la altura del segundo piso, a través del cristal de la ventana de una oficina, Leonardo observaba el enorme centro de trabajo extendido en unos cuatrocientos metros cuadrados. Se alineaban unas treinta máquinas de coser, unas diez para otras labores, cuatro enormes monstruos verdes de propósito inidentificable, más material y cajas de embalaje de todo tipo.

—No estamos en ningún lado, ¿me oyes? —dijo Irma revisando un armario al fondo del cuarto— Por si estabas por preguntarlo.

—¿Estarás así de agresiva por el resto de tu vida?

—Pórtate bien.

En el armario había una bolsa de dormir y varias cobijas dobladas. Sobre una bella alfombra, muy propia del lugar, Irma tendió la bolsa y puso las mantas sobre una silla de cuero.

—Gracias —Katz comenzaba a entender todo aquello.

—Ahora me eres útil —replicó ella innecesariamente.

Leo fue hacía la ventana y se dedicó a mirar de nuevo la maquinaria allí ordenada. Necesitaba poder confiar en Irma; calmarla y tenerla seriamente como una aliada. Lo contrario supondría el riesgo constante de que ella llamara a la policía y estos se tomaran aquella fábrica en cualquier momento de la noche. Debían ser amigos de nuevo.

—En todo caso —dijo él como si estuvieran a mitad de una conversación informal—, sin importar qué suceda encontraré la manera de sacarte de aquí. Ahora que me has ayudado es mi deber.

Esperando una respuesta pudo sentir los ojos de Irma clavados en su espalda, en su nuca, en el contorno de su mejilla derecha y sus labios y sus pestañas; una mujer misteriosa, madura y muy inteligente tratando de leer el rostro de un agente entrenado para mentir. Tal vez habría leído su mente si hubiese estado, realmente, escrutando su cara; pero, aquella mujer no era una inescrupulosa bruja, ni una madame con ansias de trasladarse a París. Era una chica que le corría a la pobreza y que temía un día verse demasiado vieja para llevar pan a su casa. Aún sin haber tenido hijos, Irma Yushij Farjami, hija única de un editor independiente de Teherán, veía la vida como una serie de triunfos y fracasos alineados en una tabla colgada de la frente durante toda la vida; la elección, ser un ganador, o un perdedor.

—En este lugar —esperó a que Leo demostrase algo de atención—, en este lugar trabajan cuarenta mujeres solas; la mayoría son madres solteras, o madres que no han podido evitar que les quiten sus hijos. Aquí les hemos dado trabajo.

—¿Quienes?

—Esta empresa comenzó por la iniciativa de diversas organizaciones que trabajan por los derechos de la mujer. Estas empresas no sólo no reciben apoyo del gobierno, sino que muchas son vistas, y han sido declaradas, enemigas del Estado. No es raro que la mayoría se hayan tenido que ir del país y otras vivan ocultándose. Pero habemos algunas que hemos decidido luchar por lo que creemos es justo. Por derechos, libertades, igualdad laboral y jurídica. Falta mucho para combatir la cultura patriarcal de Irán, pero si podemos llevar conocimiento, educación, cultura y trabajo a mujeres de todo el país le estaremos dando un gran regalo a nuestras hijas.

—¿Tienes hijos?

—No. Te decía que algunas de nosotras optamos por luchar. Bien, hay dos formas; esperar la ayuda de Occidente, de los liberales de Occidente y de otras naciones musulmanas que no están siempre en mejor situación, o dos, hacer nuestro propio dinero, por los métodos que sean necesarios para alcanzar nuestros logros. Me preguntabas por el reloj, las joyas y el vestido que lucía aquella noche en que nos conocimos en el Äcemän…

—La verdad, no me acuerdo.

—En todo caso, las hicimos aquí. Vestidos de diseños exclusivos de Europa, relojes suizos, joyas holandesas, zapatos italianos… piensa en cualquier símbolo de estatus, siempre se puede crear una copia al carbón de ello y venderlo como original en el mercado negro, para que las mujeres de los hombres poderosos de esta ciudad se puedan sentir más cosmopolitas que sus amigas en los clubes.

—Impresionante.

—Esta no es la única fábrica; hay otras. Lo importante es la imprenta y la sala de comunicaciones. Teníamos una estación de radio —ahí afuera está la antena— y transmitíamos programas educativos. La cerraron hace un mes; pero pronto tendremos suficiente dinero para pagar a un buen abogado, o tal vez a siete. En todo caso… en todo caso ya no estaré aquí para ver los cambios o ver esta planta trabajar de nuevo.

—No era mi idea intervenir así en tus planes.

—Entonces son cosas del destino… —su tono era retórico, pero ya no se detectaba dolor. En adelante cualquier cosa podría ser una sorpresa— Pero ya estás acá, y yo estoy acá también y podría yo cambiar muchas cosas si lograra salir y ayudar desde fuera a mis amigas. Pero claro que si lo veo desde un plano convencional, de dejarlas así, lo más probables es que ellas me vean como una cobarde que cambió la patria por un pedazo de suelo extranjero.

En la medida en que Irma hablaba, Leonardo podía ver, reflejado en el vidrio del despacho gerencial, la lucha entre las dos mujeres, la que desea quedarse y seguir con su deber —cualquiera que sea— y la que ve espíritu acogedor de la fuga, la aventura en una primaveral postal de París. El monólogo de aquella extraña mujer duró casi veinte minutos; el cielo ahora estaba en blanco y negro, con grillos de todas marcas en pleno concierto veraniego. A Katz le pesaban los parpados y ansiaba ver terminar tan largo día entre una fresca bolsa de dormir.

—Si el hombre que buscas es poderoso no será trabajo seguirlo en una ciudad tan pequeña. Mis amigas lo harán por mí. Pero debes ser paciente si toma más tiempo del que estás esperando, Leonardo.

—¿Y aquí, qué debo hacer?

—Es cosa tuya cuánto tiempo quieres esperar. Noto que no esperas regresar pronto a tu hotel, al menos hasta que hayas encontrado a este importante hombre. ¿Verdad?

—Sí. Luego tengo que comunicarme con una persona; otro extranjero, acá en Teherán.

Irma ya iba directo hacia la puerta.

—Oh, ni quiero saber en qué clase de asunto están metidos.

—¿Tienes una computadora acá?

La puerta ya se estaba cerrando.

—En la sala de transmisión, pero prefiero que no entres ahí. No lo tomes a mal, pero los hombres son mamíferos muy mentirosos y no sé qué partes de tu historia creerte. Acepta morar en esta casa esta noche; mañana hablamos.

No aplicó cerrojo alguno. Los grillos se acallaron cuando el motor del auto se alejó por la avenida cubierta de piedras. Ni siquiera las lámparas de neón del techo hacían ruido; una fábrica de noche es la soledad concentrada. Y durante un rato, tal vez una hora, no pudo despegar los ojos de la ventana: cuando se concentraba demasiado en una sombra larga, o en un arrume oscuro de productos sin identificar, creía ver fantasmas: movimientos, oscilaciones, desapariciones y resurgir de cosas que simplemente no estaban allí.

No iba a poder dormir esa noche; no sólo por la gran fábrica y sus espíritus particulares, estaban también aquellos cinco que había matado. O seis. Se lo merecían los bastardos, repetía Katz mirando una revista Bazaar con la escasa luz que se alcanzaba a filtrar de las lámparas de la zona de trabajo a la oficina en el mezanine. Trataron de cazarlo, torturarlo y luego matarlo; ahora ellos están en bolsas de plástico en alguna morgue. Sigo vivo y aún puedo salir impune como suelen hacerlo los extranjeros que cometen fechorías… luego llego a casa, me compro una botella de merlot chileno y me tiro a Erica hasta dejarle los ojos en blanco. Mas me falta una pieza en la obra.

Lleno de energías salió a la frialdad, los vientos cortantes, y la increíble visión de un cielo completamente estrellado. Abajo había un lago enorme de estrellas caídas cuyo fulgor blanco había pasado a un amarillo pálido o a rojo agonizante. La ciudad de Teherán seguía su vida, aún de noche, sin importarle mucho qué había o que no había hecho Leo Katz. Las lámparas que iluminaban los costados de la fábrica apuntaban contra sus propias fachadas, así que el resto del perímetro en rededor resultaba estar en las tinieblas absolutas. Noche sin luna, noche de amantes y de prófugos; para el agente secreto la oscuridad y la soledad resultaban, una vez más, propicias.

La antena no estaba cercada por nada. Junto a su base sólo había algo parecido a un transformador eléctrico, una caja gris con inscripciones en persa y rayos en fondo amarillo que no necesitan traducción. Esta torre de varillas metálicas pintadas de rojo y blanco, fría como el hielo, tenía unos diez metros de alto y carecía de luz roja de seguridad en su punta, o si la tenía preferían mantenerla apagada.

Carente del nerviosismo que solía atraparlo cada vez que intentaba algo nuevo, Leonardo tenía la primitiva emoción infantil que envuelve a los hombres cuando se enfrentan con la tecnología. Sentado sobre la base de concreto que sostenía a la antena cuyas bases mismas chirriaban calmadamente en voz baja por la presión del viento. Buscó la hendidura en la base de su bota, hundiendo el dedo hasta sentir el filo romo de transmisor. Pensaba en Erica, en una tarde soleada en el patio del colegio leyendo algo bueno y viendo a las chicas trotar por la cancha de baloncesto. Retirar la tapa inferior, extender la antena. Erica… no era única; qué sentido tenía pensar en ella en aquella noche tan hermosa, tan clara. Enrollar la antena a la Fuente; verificar la luz verde de adquisición de señal. ¿Era un signo ella? ¿Algo importante en el reciente desarrollo de los hechos de su vida como lo había sido Ángela? Luz en verde, afirmativo. Levantar la tapa del manipulador, con mucho cuidado sin ir a presionarlo. Ángela sentada en aquel restaurante, mirándolo con deseo devorador mientras él servía platos diligentemente. Empezar a contar hasta diez en armonía con los latidos del corazón, llevando el compás con golpes del índice sobre la rodilla o el muslo. Erica recostada a un lado de la cancha de baloncesto, mirándolo con sus enormes ojos que esconden un enigma, mientras él vende papas y gaseosas con irremediable pereza. Siguiendo el ritmo pulsar: uno, dos y tres puntos, a cada segundo un toque; dos segundos entre letras. Una raya, que son tres puntos seguidos, pausa, otros tres puntos.

Lo que Leonardo Katz había puesto en marcha era la apertura de una “ventana” de transmisión entre él y un lector de frecuencias situado a más de mil cien kilómetros al este de Teherán.

A lo largo de la frontera entre Irán y Afganistán —unos setecientos setenta kilómetros— la Inteligencia Militar y la CIA tenían toda una serie de aparatos de escucha que interceptaban cualquier forma de comunicación que saliera de Irán por aquel lado. Se esperaba que con ello se pudiera identificar y probar el apoyo iraní a los talibanes, así como cualquier coordinación de tropas en tan caliente frontera. De este modo, las transmisiones de todo tipo eran recibidas, clasificadas y analizadas a su debido tiempo. Buena parte de esta labor recaía en computadoras dotadas de software AI —inteligencia artificial—, capaz de encontrar palabras en clave o detectar una comunicación de tipo militar, dándole la mayor prioridad para transmitirlo a sus amos.

Una computadora entonces, de las cientos que estaban por allí, notó una serie de oscilaciones muy, pero muy breves durante un espacio de cuarenta centésimas de segundo en una onda hertziana de uso público. Cualquiera que hubiese estado escuchando la radio esa noche en la ciudad, o en el este del país, habría notado, de haberse concentrado en ello, una minúscula baja de sonido durante medio segundo.

Desde ese momento la computadora estaría pendiente de todo lo que llegase por aquella ventana de transmisión.

Venía la parte más difícil de la transmisión: enviar el mensaje en sí, para lo cual debía usarse una serie de palabras claves de tres letras. Durante el entrenamiento Katz había tenido que memorizar todo ello, pero al final hizo trampa y contradijo las órdenes de su jefe Thomas Jefferson: tomó El espía que surgió del frío, de John le Carre y marcó con lápiz los códigos que debía mencionar y luego la ubicación de las letras en coordenadas numéricas que anotó en forma de falsos números telefónicos en una de las libretas rojas de apuntes. Una gran complicación, pensará el lector, pero cada persona tiene formas distintas de memorizar las cosas; y en el caso de Leo habían funcionado.

Raya dos puntos; dos puntos raya punto; tres rayas: DFO. Contar hasta cinco. SAC. MAN. Y ya estaba; tres palabras, nueve letras, que hicieron bailar la señal durante dos segundos en los que el pequeño cerebro electrónico del transmisor transformó los toques eléctricos dados en el manipulador en brevísimas oscilaciones en las ondas hertzianas. Ignorando su significado, pero seguro de haber seguido al pie de la letra el protocolo de comunicaciones, el agente secreto desenrolló el cable de la antena y lo volvió a anudar al interior del delgado transmisor. Cuando todo el equipo quedó bajo la suela del zapato, Katz lanzó inconcientemente un suspiro de alivio. Faltaba revisar las páginas de la Internet en que debían aparecer las nuevas instrucciones; con ellas, y teniendo ubicado al imán, Leonardo estaba seguro de poder arriesgarse a abandonar el país, a menos que descubriera algún riesgo de ser detenido por la muerte de Franz Wessel y sus hombres, cosa que, confiando en que la justicia es torpe en todos lados, no llegaría a suceder.

Regresó a Flores para Algernon, leyendo entre la cómoda pero fría bolsa de dormir e iluminado por una sencilla y estilizada lámpara de escritorio. Como era hombre de costumbres, el sueño lo tumbó a las dos de la mañana, mientras la computadora traducía aquellas siglas (DFO-SAC-MAN) en un mensaje de correo encriptado: Desert Flower One. Still Alive and in Contact. Objetive found. Diez segundos después el e-mail estaba ya en la bandeja de entrada de una terminal en Langley.

Tuesday, December 04, 2007

Capítulo XXVIII. La Terminal de Autobuses.

México es sólo un pueblo en el desierto, dijo Hegel alguna vez, cuando ambos acababan de llegar al D.F. Lo dijo tal vez para reprimir el miedo instintivo que siempre genera el sumergirse en la boca del lobo. En verdad, sí, habían visto mucha arena y mucho calor en ruta hacía la capital, pero en esos días ambos eran un par de jóvenes vaqueros que irían a probar suerte como héroes en este “pueblo en medio del desierto”. Cielos, madre mírame, dime qué es lo que vez; sí, me pasé de la raya. Leonardo Katz no se cansaba de repetir ese mantra, pero qué más podía hacer: acababa de matar a cinco hombres o al menos a dos de ellos mientras que los otros podrían estar gravemente heridos o levemente heridos, retorciéndose en su propia sangre, pidiendo socorro, o en camionetas viejas adaptadas como ambulancias que estarían zigzagueando por los recovecos de la ciudad de Teherán en búsqueda de hospitales.

Teherán. Yo quería una misión y por mis pecados me dieron una. No, no —se contradijo Katz—; no eres Marlowe buscado a Kurtz el Congo, ni el capitán Miller buscando al coronel Kurtz en Vietnam. Eres la mosca que aún quiere ser águila. No, tampoco, sólo un turista que ha cometido un crimen. No, tampoco: un instrumento de los Estados Unidos. Menos. Un instrumento de la CIA —que no representa a millones de buenos norteamericanos que no quieren saber nada de infiltraciones en otros países—… pero la CIA no te dio órdenes de matar a ningún alemán, ni lo habrían hecho, si es que Malcom tenía razón y la Compañía estaba legalmente impedida de involucrarse con la muerte de nadie. Orden ejecutiva…

Por unos veinte minutos Leonardo estuvo tratando de recordar qué número de orden ejecutiva era. Se enfureció al no poder recordarlo, aunque estuviese, tal vez, si decidimos jugar a los sicólogos, molesto consigo mismo. Palpó con las yemas de los dedos las mangas y el cuello de su camisa azul. Olía a limpio y estaba completamente seca, al igual que su cabello que perdió toda la humedad a la misma velocidad que sus pies. Detestaba usar sandalias pero no podía cargar sus botas de obrero —ocultas en una bolsa de lona roja—, que estaban aún mojadas, ni su camiseta gris en el mismo estado que sus jeans húmedos y pegajosos que el calor de la tarde no podían secar.

Miró la hora, cortesía de un reloj publicitario de un producto desconocido: una de la tarde y cincuenta minutos. Hacía cuarenta minutos había llegado al Terminal de buses de Teherán, con la idea de mezclarse con los miles que abarrotaban el sitio y planear su marcha, por la avenida del Aeropuerto, hasta su hotel. Mas el miedo a perderse y ser descubierto por la policía lo atenazaba en aquella mesa de plástico de la plaza de comidas del Terminal.

En Chile, cuando a alguno de los muchachos del grupo de Leonardo no se le ocurría nada para escribir, optaban siempre por darse una vuelta. Caminar —decía Ingrid en aquellos bellos y pacíficos días de juventud (tan atrás, tan atrás, tan atrás)— libera hasta él último de los músculos, y las ideas fluyen entonces tan animosamente como la sangre. “Ingrid, tú nunca estuviste en algo así”. No obstante se puso de pie y comenzó a caminar con su bolsa de lona roja en la espalda. Nadie lo había molestado, ningún guardia, ningún vendedor; pasaba por ser otro ciudadano esperando a algún familiar que viniese de viaje de alguna provincia lejana.

Unos chicos con aspecto de montañistas reían y se tomaban fotos con un teléfono celular justo antes de levantar sus maletas para salir de viaje. Al lado una madre joven de negro trataba de calmar a su hijita, también de chador negro, que lloraba al tener que despedirse de su abuela —en chador negro obviamente— que movía la palma de su mano desde la entrada de un bus con destino incierto para el occidental analfabeto. Así otros cientos de despedidas y de recibimientos jubilosos.

Salió al andén exterior donde una fila de taxis largos y viejos con rayas azules pintadas en el medio esperaban pacientemente ser cargados. Podría hurtar uno, o simplemente usarlo para llegar al hotel de Dick Matson, o al suyo propio, y conseguir dinero para pagar el viaje. Sin embargo cómo rayos trazas un plan, uno cualquiera, cuando todos tus otros planes han fracasado. No es el miedo a fallar, es el miedo a los antecedentes. En Colombia lo tenía todo claro: encontraría a un hombre sabio y pacifista cuyas ideas bien estructuradas pudieran allanar el camino a un Irán verdaderamente democrático y secular. Entablaría un diálogo fluido mediante una serie de entrevistas, lo cual le permitiría establecer un perfil. Luego descubriría sus necesidades y problemas domésticos para generar ofertas. Digamos, por ejemplo, un viaje a Jordania, o a Egipto, o incluso a Francia, con todos los detalles solucionados por los hombres de la Compañía quien ese en última instancia se reunirían con él, quizá en un solariego restaurante parisino donde le revelarían los… —Leonardo esperó para reordenar bien las palabras en su cabeza— esfuerzos de toda una comunidad de iraníes expatriados quienes ansían ver de nuevo el suelo donde nacieron sin las tinieblas del terror político.

Él debía buscar a un hombre. Fue muy fácil realmente, y cualquier detective privado de la ciudad lo habría podido hacer para cualquier agente de campo que hubiese entrado como lo hacían otros tantos, ¿o acaso era tan poderosa la contrainteligencia iraní?

Resonó una sirena. Una moto Honda frenó junto a los taxis y el policía de tránsito, increíblemente ataviado con una chaqueta de cuero y casco blanco, saltó sobre el grupillo de taxistas viejos que jugaban backgammon sobre el capote de uno de los vehículos. Leonardo ya estaba entonces sobre la avenida principal dispuesto a cruzar por en medio de los autos. Considerando como son las cosas en Teherán, lo más posible es que hubiese terminado detenido por la propia autoridad de tránsito al hacer un cruce indebido, en una avenida de dos carriles, donde a las primeras horas de la tarde fluían camiones, buses y autos por encima de los sesenta kilómetros por hora. Encontró el puente peatonal cubierto y a grandes saltos se introdujo en aquel túnel de gusano color azul. Vio hacía el sur la avenida bifurcarse en dos al chocar contra la gigantesca torre Azadi cremosamente resplandeciente bajo el sol de la tarde.

Giró la cabeza y vio el flujo vehicular correr hacía las montañas y supuso cuál debía ser su ruta. Al norte, pensó, a donde suelen apuntar casi todas las ciudades; allá donde todo mejora, donde hay más vegetación y la elegancia en los barrios crece, como crece el número de autos elegantes europeos aparcados en las aceras. ¿Por qué no visitar a Irma? Y pedirle ayuda. Al bajar del puente y pararse bajo un árbol para escapar del calor decidió que no. Cruzó otra avenida y siguió su marcha hacia el norte entre negocios de toda índole y el rugir de los autos siempre presurosos.

“Sería una desgracia una invasión” Pensó, imaginando que la primera medida de los invasores sería la de bombardear la ciudad, cosa que, según la teoría moderna de guerra significa reducir una ciudadela a escombros humeantes ‘sin víctima civiles’ dirían los generales desde el Pentágono, aún a sabiendas que, en cuanto a estrategia de guerra psicológica se refiere, la desmoralización del enemigo se basa, principalmente, en atacar el punto más vulnerable de la oposición: sus seres queridos. Así, ríos de sangre, mujeres llorando, niños mutilados y propiedades bajo control de las llamas le hacen pensar a cualquier soldado si realmente vale la pena seguir luchando contra una bestia colosal de tecnología y explosivos.

Siendo niño, como otros tantos, vio la guerra del golfo por televisión. Por aquel entonces todo el mundo andaba pendiente de la transmisión en vivo de la operación Tormenta del Desierto. Y en la escuela todos jugaban a lo mismo: ser piloto de caza bombardero, o soldado de infantería e incluso conductor de tanque Abraham. Es fácil, y divertido, bajo la cultura del G.I Joe y las imágenes de la CNN en que las bombas eran puntos verdes lloviendo del cielo y reventando en fragmentos diminutos y brillantes como fuegos artificiales.

Pero muy distinta perspectiva se tiene cuando son las dos de la mañana, sabes que tienes que dormir por que tienes un empleo y debes estar ahí a las siete. Entonces algo revienta en la calle y te quedas helado sudando en tu cama; corres a la ventana: ¡BOM! El edificio de enfrente se está desplomando. La alarma de bombardeo resuena a lo lejos, ya tarde, por que sabes que el infierno ya llegó; sacas a tu hija, a tu mujer, todo es muy confuso, nadie sabe qué hacer. El miedo que envuelve a cualquier ser humano al saber que por todo lado caen toneladas de explosivos, como una lluvia contra la que no hay paraguas ni alero ni techo que te cubran, aquello debía de ser horrible. Correr, ¿a dónde? Si del estampido supersónico de los bombarderos no se puede huir, ni del fuego, un dragón gigantesco que parece serpentear por toda la ciudad.

Se detuvo a mirar una vitrina: zero en decía el anuncio: un local de ropa femenina, lleno de pañuelos atados sobre cabezas anónimas.

Aunque los estrategas se esforzaran en demostrar que la guerra era cada día más precisa, siempre se podría contar con el infinito desprecio y odio que un ser humano puede llegar a demostrar por otro. Ya podrían algún día las guerras ser luchadas por robots, mas entonces tendremos científicos que programarán a los androides para que ataquen primero a los civiles desarmados.

“Bueno, en parte para eso estoy yo aquí, ¿no? Yo, instrumento del destino” No lo creía realmente, pero en teoría ese era el objetivo primordial de los agentes: recabar información sobre el enemigo de tal manera que fuese más fácil derrotarlo. Si se lograba, mediante una serie de campañas de sabotaje, terminar con el régimen del Líder Supremo, y e instaurar una verdadera democracia en Irán, ¿no se evitaría una guerra?

Siempre la guerra es mejor negocio que la paz.

Pero Irán tiene petróleo, podríamos ser socios.

¿Socio o colonia?

No tiene por qué haber guerra, si queda algo de honestidad en los gobiernos, en las agencias de inteligencia, y en el uso de la información. Y la misión de Leo Katz entonces es decirle a Langley la verdad, toda la verdad, y nada más que la verdad.

Se detuvo en un banco de la calle y se cambió de zapatos. Las sandalias de cuero quedaron dentro de la bolsa de lona roja y fueron a parar directamente a un bote de basura. Katz siguió su camino sintiendo un insistente puntilleó bajo su talón; sabía que no tenía una piedra dentro, y que lo único que le apremiaba era la necesidad de enviar su mensaje con el aparatito electrónico que le habían entregado. Una estupidez, quién sabe quién lo habrá planeado, se dijo, mientras pensaba desde dónde transmitir. Técnicamente podía hacerlo desde cualquier tipo de antena, siempre y cuando esta tuviese un alcance de recepción superior a los cien kilómetros.

En problema es que justo ahora estaba en ningún lugar: de pie, sintiendo el calor hasta en la boca, miró alrededor; delante se alzaba un puente de dos carriles, y más allá la avenida se extendía hasta el infinito. Una carretera llevaba a los vehículos hacía el oriente y los incorporaba a la avenida del puente. De pie sobre el césped gris, notó que, a parte de aquel pequeño espacio de verdor ahogado, en los alrededores de la avenida y el puente sólo había arbustos y tierra seca como en la más árida de las estepas. No tenía ni idea de dónde estaba.

Podía seguir hacia el norte, e intentar llegar al hotel. O regresar, al aeropuerto, intentar contactarse con el coronel Matson y explicarle todo el asunto, solicitándole que sacase sus cosas del hotel para poder tomar un avión de regreso a casa. O…

¡Diablos! Un serie de pitos de advertencia lo hicieron soltar una procacidad en voz alta. Tal vez algún pendejo le estaba increpando desde su auto por el hecho de estar parado sobre el escaso césped de este arenal. Buscó al ecologista con los ojos entrecerrados de odio y encontró una figura conocida: un Tondar 90 rojo escarlata y un rostro de niña asomando por la ventana con unas gafas de sol enormes tapándole la mitad de la cara. Las gafas bajaron por acción del dedo índice de la mano izquierda, revelando dos ojos profundos de enormes pestañas que miraban risueños.

¡Irma!

Cincuenta segundos después, sorteando el tráfico y escuchando cláxones, Leonardo estaba dentro del Renault. Yendo a casi setenta por hora, con la ventana abierta, música electrónica y con los pies quietos y sujeto por un cinturón de seguridad, Katz se sentía muchísimo mejor. Tomaban hacía el oriente y el sol reflejaba en cada ventana de la ciudad; por ello Irma usaba gafas.

—Perdón, no te he preguntado: ¿te llevo a tu hotel?

—Yo…

—¿Sabes? Es muy raro que te haya encontrado así; veras: vengo del aeropuerto y te descubro deambulando como un vagabundo —se río un poco— en plena avenida.

—Me perdí.

—¿Disculpa?

—Mi guía. El taxi que tenía contratado recibió una llamada de su esposa. Me dijo que vendría a recogerme después de una hora; creí que podría, con ese margen de tiempo, irme al hotel; buscar yo mismo la ruta e irme hasta el hotel para llamarlo desde ahí.

—¿Te llevo a tu hotel?

—No —la réplica fue intempestivamente brusca. Estaba aún latente la amenaza de que aquellos contra los que había actuado fuesen de vuelta al Azadi para buscarlo. Ciertamente no tenía a dónde ir—. No quiero perturbarte; estoy seguro que estás ocupada ahora.

—Siempre hay cosas pendientes —respondió en tono retórico—. Si quieres podemos ir a mi casa a almorzar. Sin querer ofenderte tienes cara de no haber comido aún.

—¡Ni desayunado aún! —Fue la respuesta de Katz que se rió de si mismo y por los nervios que le martillaban los costados. ¿Acaso sus ojos reflejaban las vidas que había quitado?

Por diez minutos viajaron en silencio. Leonardo sentía que conocía esa ciudad bien; que podía guiarse con tanta seguridad en ella como lo haría en Bogotá. Lentamente, de la forma más cuidadosa, Leo escrutó el perfil delicado de Irma; algo en su cara, tal vez en sus labios, o en sus ojos, estaba sumamente contraído y tenso. Además, sus dos manos estaban tan fijas en el volante que parecían haberse soldado al mismo y estar tan ajustadas que parecían a punto de reventar. “Mierda… qué puede sospechar. ¡Carajo! Peor; ¿qué puede saber? ¿No lo habías pensado? Hasta qué punto puede estar involucrada con el alemán. ¡Sabe que lo maté!”

Revisó el seguro de la puerta. Iban despacio por una calle congestionada; una desviación por un sector residencial a un taponamiento por obras. Darle un golpe con el canto de la mano en la garganta, arrancar las llaves del contacto y salir corriendo.

—Irma, ¿puedo decirte algo?

—Algo me dice que tienes que hacerlo.

—Es sobre tu amigo, el alemán.

—¿Franz?

—Sí.

—¿Ha hablado contigo? Tuve la sensación de que estaba muy interesado en tu trabajo.

“¡Reflauta!”

—¿Sabes quién es?

Un nuevo semáforo. Irma giró la mitad de su cuerpo para enfrentar a un Leonardo Katz que de repente se sintió muy pequeño.

—Por qué me estás preguntando eso.

—¿Tú sabes quién es?

—¿A qué viene la pregunta?

—¿Lo sabes?

—¿Por qué me preguntas?

—¿Sabes o no sabes?

—¿Por qué?

—¿Sabes?

—¡Dime!

—¡Está muerto!

Retrocedió y dijo algo en persa; lo repitió mirando el semáforo ponerse en verde de nuevo aunque sus manos parecían ahora incapaces de operar los mandos. Durante un instante, muy largo, Katz creyó que empezaría a llorar, mas en vez de esto se inclinó sobre el volante con los ojos perdidos en la nada, un buen rato.

Exhaló un hondo suspiro, aplicó un cambio de marcha, y el Tondar empezó a rodar lentamente de nuevo por la calle; giró a dos cuadras, aceleró por un callejón, cruzó una avenida y se adentró en el parqueadero subterráneo del edificio de apartamentos de la calle Yakhchal.

Leonardo esperaba, como en la antesala de un dentista, codos sobre las rodillas, mirada inquieta recorriendo bordes y superficies. Irma se quitó sus zapatos, su rhusari, sacó de un cajón una botella de licor indefinido y sirvió dos vasos. Uno de estos apareció de repente frente a los ojos de Katz.

—Tequila —afirmó la dama. Si Leo lo tomó en sus manos fue por protocolo, el sólo nombre ‘tequila’ le sonaba, como a cualquier norteamericano, a un exótico fuego eventualmente mortal.

Fingiendo probarlo, con el borde al pie del labio inferior, Katz lanzó los dados:

—Qué había entre ustedes dos.

—Bueno… para un hombre acostumbrado a pagar por compañía femenina, yo era lo más cercano a una amiga por contrato.

Mediante una serie de frases breves y pausas largas, Irma le explicó a Leonardo el vínculo extraño que mantenía con el vendedor de armas. Ella había llegado a convertirse casi en su esposa cuando él la visitaba en su apartamento. Un sueño de plácida vida burguesa en diversos actos. Entre la prostituta y el vendedor de armas había surgido un mutuo entendimiento y una relación que escapaba a cualquier catalogación. Si tal vez Irma no hubiese sido tan reticente a dejar el país, quizá Franz la habría paseado por medio mundo.

—¿Y por qué no?

—Prefiero ser libre; acá soy libre, a mi manera —extendió los brazos señalando su reducido apartamento—: bebo, leo, escribo… Y además tengo ciertos compromisos. No estoy yo sola en esto.

—¿En qué?

Pero en vez de responder, Irma se puso de pie y se plantó frente a Leonardo. Había algo de tristeza expresada en su abundante cabello lacio derramado vulgarmente por sus hombros y la parte derecha de su rostro. No veía a Katz como una amenaza, o el que fuese una le entristecía; quizá creyó que podrían ser buenos amigos.

—Yo sé que él vendía armas. Que tenía negocios con el gobierno; pero no cosas completamente legales. Ahora llegas tú… tú, yo ni siquiera sé quién eres, y me dices que está muerto.

—Lo mejor es que me vaya —respondió Katz buscando romper el pesado y opresivo silencio.

Un árbol, de la especie que fuera, abatía sus ramas y hojas contra la ventana; el resplandor de la calle, un coro de gritos y risas de niños y el resonar de un balón ser pateado le dijeron subliminalmente a Leonardo que aún era temprano para buscar en la gran ciudad una “puerta” para contactar a las estrellas que guiarían su mensaje de misión fallida. De nuevo la voz de Irma, más cerca esta vez, lo sacó de su sistema planificador mental:

—¿A qué viniste Leo Katz?

—Busco a alguien. No lo buscaba a él.

Decidió enfrentarse a los profundos ojos de la odalisca persa: de la frente hasta el mentón se dibujaban diminutas líneas de madurez mal cubiertas por productos locales de belleza, no obstante sus labios eran todo un anuncio de provocación marca Max Factor, tan lamentablemente iguales a los de una colegiala malcriada que vivía allá en el nuevo mundo…

—No sé para quien trabajas —su inglés resultaba tan claro que Katz sintió que le hablaba en español—, pero te ayudaré si tu me ayudas.

Si esperan que en la escena haya un beso, pues imagínenlo, porque no lo hubo. Nunca como en ese momento sintió Leo más ganas de tener a Erica a su lado; de estar en casa hundido en ella por completo. Y cuando Irma le dio un fraternal abrazo, Katz maldijo: “vaya puto en el que me he convertido. Seré mal escritor, mal amante, pero en esto nadie me gana”.

Acababa de reclutar un nuevo agente.